Las emociones nos hacen sentirnos vivos, tan vivos que a veces duele. Algo se mete fuerte dentro de ti y (como ya he repetido una y mil veces) no se va jamás.
Las sensaciones, por suerte, siguen vivas para siempre, a modo de recuerdo, pero incluso cuando la mente empieza a nublarse algo sigue haciendo latir tu corazón. Solo que no siempre nos conformamos con el recuerdo, y hacemos todo lo posible para que “il ritorno” se produzca cuanto antes. Podría decir que contaría tantas cosas… pero mentiría, no quiero hacerlo y no voy a hacerlo, porque no sería justo reducir a unas cuantas palabras tantos momentos. Solo añadir que cuanto más rápido se balancean los momentos por agujas que irremediablemente avanzan sin tregua, más intenso se vuelve TODO.
Como describir días que no acaban nunca, un sol que se tiñe anaranjado para hacer brillar las miradas, o ganas de que cada segundo dure para siempre.
No sería sincera si no dijera que tuve miedo antes de subir al avión… pero una vez más la casualidad, las ganas me llevaron hasta una ciudad que hace ya unos años me enamoró. Una ciudad que dejó una huella imposible de borrar… Intentar descubrir una Florencia nueva, y ver que las cosas no han cambiado tanto, que hay cosas que permanecen y que de un modo u otro me ha gustado encontrarlas…
Cerrar los ojos y decirte a ti misma que NO… que no quieres que se acabe ahí, y prometer una vuelta. Sentir que vuelvo cargada, pero no solo de kilos en la maleta, sino de energía, sentimientos, ideas, motivos… Y aunque reconozco que no fui capaz de aguantar las lágrimas, pude despedirme con una sonrisa, naranja (siempre)

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